10 dic. 2017

¿HA SIDO NUESTRO UNIVERSO DISEÑADO POR UN CREADOR O ES EL RESULTADO DE UN PROCESO DE SELECCIÓN NATURAL?

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Imagine que está usted deambulando por un desierto inhóspito, en el cual, además de arena, lo único que pueden verse son piedras y algo de musgo, y que, de pronto, encuentra en el suelo un bonito reloj. Si usted lo inspecciona en detalle, lo desmonta y estudia su mecanismo interno de ruedas dentadas, se dará cuenta de que se trata de un dispositivo altamente complejo y delicado en el que cada una de sus partes está perfectamente colocada para servir a un propósito colectivo: indicar la hora. En efecto, si alguna de las ruedas de sus engranajes hubiera sido un poco más grande, o un poco más pequeña, con ruedas un poco más anchas o un poco más delgadas, el reloj no funcionaría. Y lo mismo podemos decir de cada muelle. Cada una de las partes del reloj contribuye con tanta precisión al funcionamiento de la máquina completa que no podríamos llamarle a usted irracional si concluye en ese momento que ese reloj ha tenido que ser diseñado por un ser inteligente.

Al igual que el reloj, los seres vivos también están aparentemente dotados de un propósito: un proyecto teleológico que consiste en mantener con vida a ellos mismos y su descendencia. En 1802, el teólogo inglés William Paley, en su obra Teología Natural, usó el ejemplo del reloj para argumentar que la explicación más racional que podemos dar del hecho de que cada una de las partes de cada organismo vivo esté perfectamente colocada para servir a ese proyecto teleológico es que alguien lo haya diseñado así [Paley1802]. Para Paley, darse cuenta de que las diversas partes de un sistema están dispuestas de forma casi perfecta para cooperar en un propósito global es suficiente para poder afirmar que el sistema ha sido diseñado por alguien. Y esto se puede aplicar tanto al reloj como a los seres vivos.

No obstante, es posible encontrar contraejemplos que nos muestran que en estos casos no tiene necesariamente que haber un creador. Uno de ellos es el segundo filtro del modelo de propaganda de los medios de comunicación de masas de Noam Chomsky y Edward S. Herman [Chomsky1995]. Una idea, en principio buena, que se fue implementando a lo largo del siglo XIX fue la incorporación de publicidad en los periódicos para poder ser así vendidos más baratos. Sin embargo, esta innovación tuvo a la larga el efecto secundario de que la mayoría de los periódicos que se escribían para la clase obrera, y que se centraban en aquellas noticias que más les interesaban, quebraron. Las empresas tenían más interés en anunciarse en periódicos con público más adinerado, de tal forma que hasta los mismos obreros acabaron comprando los periódicos dirigidos a los burgueses, que, aunque se centraban en noticias de menor interés para su clase social, se podían comprar a unos precios mucho más bajos. A día de hoy, la práctica totalidad de los medios de comunicación necesitan atraer anunciantes para poder asumir los costes de producción. En esa competición para atraer anunciantes tienen ventaja aquellos medios que tienen público adinerado, ya que son las personas más pudientes las que tienen mayor capacidad para comprar los productos que se anuncian. Por ello, aquellas historias que no van acordes con los intereses de las clases sociales alta y media-alta tienden a ser marginadas en la mayoría de los medios actuales. Ese es el motivo por el que, para Chomsky y Herman, la publicidad es uno de los cinco filtros que determinan lo que es "noticia" y lo que no. Nótese que todas las partes de este sistema están perfectamente acopladas para cumplir la función de un aparato de propaganda a favor de los poderosos. Pero, en este caso, no debemos pensar en una teoría de la conspiración que afirme cosas como que el gobierno tiene agentes secretos que se dedican a comprar a los periodistas para que manipulen o censuren determinadas informaciones. Ni se puede decir que nadie haya diseñado este modelo de propaganda. Esta maquinaria no necesita ni un creador ni nadie que por detrás mueva los hilos. Puede haber, por tanto, varias explicaciones al hecho de que las diversas partes de un sistema cooperen de forma tan eficiente en un proyecto aparentemente teleológico (en el caso concreto de los seres vivos usaremos el término "teleonómico" para seguir la terminología que usaba el bioquímico francés Jacques L. Monod).

No está claro si la hipótesis de la existencia de un "Creador" o "Diseñador" era precisamente la mejor explicación que se tenía a principios del siglo XIX para las maravillosas propiedades teleonómicas de los seres vivos. Pero, de lo que no cabe ninguna duda, es de que actualmente tenemos una muchísimo mejor: la evolución darwiniana. Antes de Darwin la humanidad no tenía las herramientas intelectuales necesarias para darse cuenta de que la propiedad de reproducción invariante de los seres vivos necesariamente precede a su teleonomía. En efecto, la evolución, y el refinamiento continuo de estructuras teleonómicas cada vez más complejas son la consecuencia de perturbaciones aleatorias que ocurren en una estructura que ya poseía la propiedad de reproducirse y que, por tanto, es capaz de preservar los efectos de esas perturbaciones para someterlas al juego de la selección natural.

Pero, como explicó Monod en El azar y la necesidad, catalogar a la teleonomía como una propiedad secundaria de los serres vivos que se deriva de la invariancia reproductiva no es sólo la mejor explicación que tenemos, apoyada por pruebas científicas sólidas, para la complejidad de la vida, sino que es la única que se ha propuesto que es consistente con el Principio de Objetividad de la Naturaleza. Este postulado, que es consustancial a la ciencia misma, consiste en la negación sistemática de que pueda obtenerse verdadero conocimiento sobre la naturaleza si interpretamos los fenómenos en términos de causas finales, propósitos u objetivos a alcanzar [Monod1970]. Las manzanas no caen de los árboles para llegar a su posición natural, que es abajo, sino porque la Tierra ejerce una fuerza sobre ellas hacia abajo. Aunque no tenemos una demostración rigurosa de Principio de Objetividad de la Naturaleza, la historia de la ciencia nos dice que aceptar este postulado es una condición necesaria para que una línea de investigación pueda ser productiva.

El éxito de la ciencia moderna es espectacular. Está claro que los creyentes que desean convencernos de la existencia de Dios van a necesitar un argumento de diseño más sofisticado y que haga referencia a aspectos de la naturaleza que no hayan podido ser explicados por la evolución, para poder así afirmar que esos aspectos son la prueba de la existencia de un creador. Y, de hecho, son tan tenaces que este argumento existe.