8 ago. 2015

VISITAR EL MUSEO DE LAS CIENCIAS DE VALENCIA, O CÓMO TIRAR TU DINERO, Y QUE EL AYUNTAMIENTO ADEMÁS TE ROBE 350 EUROS.

El Museo de las Ciencias Príncipe Felipe de Valencia se encuentra dentro de uno de los edificios principales de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, un complejo arquitectónico, cultural y de entretenimiento situado en el antiguo cauce del río Turia. De lo primero que uno se da cuenta, nada más llegar, es que este complejo, además de estar formado por edificios insultantemente descomunales para su propósito y que hacen alarde de una falta de gusto por el arte, está claramente concebido como una isla al margen del resto de la ciudad. Pedimos al lector que apunte mentalmente estas dos percepciones iniciales. Puede que tengan mucho que ver con lo que viene a continuación.

El colosal edificio del museo simula una columna vertebral de hormigón blanco. Dicen que el polémico arquitecto Santiago Calatrava lo diseñó así debido a su pasión por el cuerpo humano y a su admiración por Gaudí. Claramente, estos regurgitados, frutos de los delirios de grandeza, o posiblemente del oportunismo con ánimo de lucro ilícito del timador de Benimàmet, no le llegan a las obras del genial arquitecto catalán ni a la suela de los zapatos.

La "broma", por intentar tomarnos el asunto con algo de humor, nos iba a costar, de acuerdo con el presupuesto inicial, la cantidad desorbitada de 62 millones de euros. Pero gracias al "cuidado" y la "competencia" de nuestros gobernantes, y a la "honestidad" y "profesionalidad" de Calatrava y de las empresas constructoras acabó ascendiendo a más de 154 millones. Unos "cracks".

Uno podría pensar que, aunque cualquier persona con dos dedos de frente sabe que no es necesario gastar tanto dinero público para hacer un simple museo de ciencia, ya que "el dañó está hecho", ahora lo único que puede hacerse es disfrutar de las "magníficas" instalaciones que nos han hecho con nuestro dinero. Pero se nos está olvidando un pequeño detalle: cuando Calatrava diseñó el edificio pensó en el cuerpo humano, en una escultura concreta, en la escultura en general, en las maravillas de Gaudí, quizás en sí mismo moldeando una escultura del cuerpo de Gaudí y utilizando el oro que los políticos le han regalado, y que antes era nuestro, para bañarla; el hombre pensó en todo, salvo en que ese edificio iba a albergar un museo.

Para empezar, una vez concluido el edificio se descubrió que había que añadir a la fachada sur dos grandes escaleras para cumplir con la normativa de protección contra incendios, condición indispensable para lograr la licencia de apertura. Además, la estructura acristalada del edificio no sólo conlleva una dificultad expositiva, sino que hace que el aire acondicionado no sirva de nada, sometiendo a los visitantes a un calor infernal. Vemos, por tanto, que, al igual que García Lorca en El público intentó producir un nuevo teatro que rompa con absolutamente todas las convenciones anteriores, en el que los personajes no posean identidad bien definida, con un desarrollo de acciones total y continuamente desubicadas en el espaciotiempo y, más chocante aún, sin argumento, Calatrava no sólo ha pasado olímpicamente del propósito para el que se construía el edificio, sino que, además, ha considerado como totalmente irrelevante el hecho de que ese museo iba a estar ubicado en la ciudad de Valencia, y de que estaba garantizado que la mayor afluencia de visitantes iba a ser en verano. La diferencia está en que lo de Lorca fue una genialidad, mientras que el edificio de Calatrava es una aberración que no nos ha salido precisamente barata.

En cuanto al museo en sí, para lo que nos parece más adecuado es para una clase a los estudiantes de introducción al concepto físico de vacío, ya que es así precisamente como está por dentro. Desde luego, si lo que se pretendía era concienciar a los visitantes sobre la poca inversión que hacen las administraciones en divulgación científica, el objetivo se ha conseguido. La implicación emocional del visitante con la causa esta garantizada, ya que dan ganas de llorar al ver tanto espacio sin aprovechar.

Además, el contenido científico relevante es más bien escaso, y no parece que se haya trabajado mucho en su diseño. Por ejemplo, la enorme estructura de ADN tiene las bases nitrogenadas paralelas al eje de la molécula, en vez de perpendiculares. Suponemos que por eso la llaman "representación artística" en vez de "representación" a secas. La palabra "artística" no debe usarse como comodín para justificar el no haber hecho bien un trabajo de divulgación científica. A esto hay que añadir que muchas de las exposiciones del museo no tienen ningún sentido, y lo peor de todo es que más del 80% de los elementos con los que el público puede interaccionar, además de no ser didácticos, están rotos. Esto nos indica que debe quedar muy poco dinero para el mantenimiento de los pocos elementos que se pusieron en su interior, todo ello, suponemos, porque la mayor parte del presupuesto se lo ha comido la construcción del edificio. Se trata de otro ejemplo más del estilo "aeropuertos sin aviones", "hospitales sin camas ni personal", "bibliotecas sin libros" y "vías férreas sin trenes" del régimen.

Por todo ello no aconsejamos al lector la visita a este museo, si no quiere perder su tiempo y los 8 euros de la entrada. Si aun así no nos hace caso, terminamos este artículo aconsejándole que tenga cuidado a la hora de aparcar.

En la siguiente imagen se muestra la ubicación del lugar donde está aparcado el Renault Megane blanco que aparece en las otras dos imágenes. Se trata del carrer d'Antonio Ferrandis, junto al Carrefour de El Saler, uno de los lugares más cercanos al museo donde se puede aparcar.


Como se puede apreciar por el sentido de la flecha de la señal que marca el comienzo del aparcamiento de motos de la última imagen, el Megane blanco está correctamente aparcado, "detalle" sin importancia para la policía municipal de Valencia, ya que todos los días, y varias veces, ordena a la grúa que se lleve el coche que está aparcado en el lugar de la foto donde está el Megane blanco. Es decir, la policía de Valencia habitualmente multa al coche que aparca junto a la señal del aparcamiento de motos, a pesar de que la misma indica que el lugar donde está prohibido aparcar es al otro lado. Se trata, por tanto, de un robo que se realiza sistemáticamente y con total impunidad. Lo sabe la policía, lo saben los trabajadores de la grúa, lo saben en el ayuntamiento, pero nadie hace nada para que se deje de multar o para que se señalice correctamente el aparcamiento de motos. ¿Cuántos cómplices hay?

Lo "bueno" que tiene este asunto es que te olvidas inmediatamente de los 8 euros de la entrada del museo y de lo que te hayas gastado en gasolina en un viaje en vano a Valencia cuando recibes la noticia de que tienes que pagar la cantidad desorbitada de ¡350 euros! (150 de la grúa y 200 de la multa) porque el ayuntamiento de Valencia ha pensado que es mejor recaudar dinero robándoselo a los ciudadanos y a los visitantes del Museo de Ciencias, en vez de vía impuestos, ya que esto último está mal visto. 350 euros es más o menos lo que tienes que pagar si te pillan en la autovía circulando a 170 km/h, poniendo en peligro la vida de quien pase por allí.

El consuelo que queda es que esos 350 euros seguro que van a ser gestionados con el criterio de "racionalidad" y "utilidad" que ha caracterizado a las administraciones públicas españolas durante las últimas décadas, sin despilfarro, sin saqueos y pensando en el bien común. 

1 comentario:

  1. Te dejas el Oceanográfico y el Museo de las Artes. En una ocasión acompañaba a una pareja de amigos alemanes y a su chaval y a medida que nos desplazábamos por su interior no podía sino sentir una gran vergüenza. El colmo fue cuando llegamos a un expositor lleno de huevos y decenas de pollitos donde se supone que los niños pueden ver el milagro de la vida, por decirlo así. Pero claro, luego encuentras pollitos muertos, o el pequeño repregunta que pasa con todos esos pollitos,... un ejemplo más.
    El horror.

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